Carmen Miranda y sus tocados frutales | Itineraries of taste

Carmen Miranda y sus tocados frutales

Carmen Miranda y sus tocados frutales

En la escena inicial de Toda la Banda Está Aquí, la película más cara realizada por Twentieth Century Fox en 1943, un barco de vapor llamado SS Brazil libera su carga. Descargan sacos de azúcar y café y redes de pescadores llenas de frutas y verduras descienden lentamente hacia el muelle. Este surtido inacabable: plátanos, piñas, rábanos, calabazas…resulta que es parte de un tocado. La cámara desciende hasta encontrar a Carmen Miranda, que sonríe y canta entre los productos como si ella misma fuera parte de la mercancía importada.

Conocida como “el Bombón Brasileño” o, gracias a una de sus canciones más famosas, “the lady in the tutti frutti hat”, Miranda ahora parece un fenómeno misterioso, algo imposible de explicar con las leyes de la celebridad o de la gravedad. Coloridos tocados llenos de frutas se elevaban desde su cabellera en abrumadoras formaciones arquitectónicas. Era un milagro que no se desmoronara bajo lo que un columnista describió como “35 kilos de fresas de plástico”. Su voz infantil, sus extraños y kitsch movimientos de ojos y una boca elástica y asimétrica no parece que pudieran ser objeto de locura nacional. Sin embargo, a mediados de los años 40, Miranda era la artista más popular de Hollywood.

Hija de un barbero portugués y una costurera, Miranda creció en la pobreza en Río de Janeiro y dejó la escuela a los 15 años para trabajar para un sombrerero. En la sombrerería, cantaba tangos a los clientes y empezó a hacer sus propios tocados para gentes de la alta sociedad. Rápidamente una discográfica le ofreció un contrato y, a mediados de los años 30, ya se había convertido en la cantante más famosa de Brasil. Cuatro años más tarde, comenzó a vestir, en los escenarios, como si fuera de la región tropical de Bahía, solo que en lugar de llevar una cesta de fruta en la cabeza, como hacían las baianas, ella incorporó directamente la fruta a su vestuario. Engalanada con docenas de collares de abalorios y enormes aros en sus orejas, Miranda bailaba a ritmos que los compradores de sus sombreros desaprobaban. Pero cuando un empresario de Broadway la vio actuar, se la llevó a Nueva York, junto con una banda de seis músicos y la aprobación del Presidente de Brasil.

De aquí fue a Hollywood, donde los escenarios creados para ella eran realmente fabulosos. Cuando cantó “The Lady in the Tutti Frutti Hat”, el set era una extensión psicodélica de su vestido para acabar todo ello en una especie de pesadilla: su actuación en el número de Busby Berkeley alcanzó un nuevo nivel en el ámbito de la insinuación coreográfica, cuando bailarinas muy ligeras de ropa levantaban plátanos gigantes de forma sincronizada y luego los dejaban decaer lentamente.

¿Qué exportaba exactamente Carmen Miranda? Cuando el compositor brasileño Heitor Villa-Lobos dijo que "se llevó su país en una maleta", estaba reconociéndole el mérito de popularizar sonidos que, de otro modo, no hubieran alcanzado la frontera de EE.UU. Llevó la samba de las barriadas al epicentro del show business, cantó el himno nacional no oficial, “Aquarela do Brasil”, en Technicolor. Actuando en su propio idioma, en 1945 se convirtió en la mujer mejor pagada de Estados Unidos.

Pero hacía también propaganda política, sus propios tocados frutales eran un claro símbolo de lo que defendía. El excelente documental de Helena Solberg, Carmen Miranda: Los Plátanos son Mi Negocio, señala que, a principios de los años 40, fue el momento álgido la "Política del Buen Vecino", un acuerdo designado a dar por zanjada la que popularmente se denominó "la guerra del plátano". EE.UU. detendría su intervención militar en los países latinoamericanos donde intentaba proteger sus intereses a cambio de ventajas comerciales y, finalmente, lealtad en tiempos de guerra en todo el continente. A Miranda pronto la definieron como la "musa" de la Política del Buen Vecino. En 1944, la United Fruit Company lanzó Chiquita, una mascota carnavalesca que capitalizaba la popularidad de Miranda. Chiquita Banana Lady se convirtió en una de las figuras vinculadas a la gastronomía más reconocibles en la historia estadounidense de la publicidad.

Miranda sabía que representaba una caricatura. Cuando no estuvo de acuerdo con Darryl Zanuck, el Director de la Twentieth Century Fox, le amenazó con perder su acento y sonar como cualquier otra. En Brasil se le acusó de haberse americanizado y cosas peores.

Cantó canciones sobre Costa Rica y La Habana, lugares que algunos pensaban que ella no representaba de ninguna manera. Su película Serenata Argentina enfureció a los argentinos; la Embajada de Brasil cortó, por su tono burlesco, varias escenas de Aquella Noche en Río.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Miranda perdió el apoyo de Hollywood. Trató de actuar en diversos papeles pero nada cuajó. En 1947, se escribió una canción para ella que reflejaba su situación de aquel momento, aunque no la grabaría hasta unos años antes de su muerte. “Me encantaría rodar una escena con Clark Gable", cantaba, “Con velas y vino sobre la mesa/Pero mi productor dice que no puedo/Porque con los plátanos yo me gano mi dinero”.

A pesar de que, cuando murió en 1955, a la edad de 46 años, sus compatriotas parecían haberla olvidado, en Río se hizo un cortejo fúnebre para Carmen Miranda al que asistieron casi medio millón de personas. A su muerte, Brasil reclamó su cuerpo y pasó de ser motivo de vergüenza a una precursora.

A diferencia de otros muchos países, Brasil entonces compartía su visión con EE.UU. y, a finales de los años 60, Caetano Veloso lideró a un grupo de músicos en la formación del “tropicalismo”, una innovadora mezcla de sonidos brasileños. Miranda, una fuente "tanto de orgullo como de vergüenza", en palabras de Veloso, fue su inspiración más clara. Después de todo, ella hizo que la mirada y la imaginación del mundo occidental se girará hacia muchas de las cosas que celebraba Latinoamérica: música, belleza, sex appeal, alegría de vivir y, por supuesto, fruta.

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