Dame Nelly Melba | Itineraries of taste

Dame Nelly Melba

Dame Nelly Melba

La ópera es un asunto tan extravagante que su vinculación a la cocina igualmente extravagante no resulta nada sorprendente. Un ejemplo es el tournedó Rossini, un plato de solomillo con trufa pensado para recibir el nombre del compositor de El Barbero de Sevilla. O está también la Dame Blanche, un helado con sirope bautizado de acuerdo con una popular pieza victoriana sobre una joven espectral del compositor francés Boieldieu, o la pera bañada con chocolate denominada Poire Belle Hélène en homenaje a la descarada opereta de Offenbach.

     Pero es el nombre Melba –descriptivo tanto de un delicioso y apreciado postre como de una tostada crujiente y dietética–el que relaciona más profundamente a la ópera con los placeres de la mesa. Actualmente conocemos bien estas elaboraciones presentes en muchos menús de hoteles y restaurantes: ¿pero cuántos de nosotros sabemos la figura que las inspiró?

     Junto al tenor Enrico Caruso, Dame Nellie Melba fue la cantante más famosa de finales de la época victoriana y eduardiana. Nacida en 1861 como Helen Porter Mitchell, era la hija de un contratista de obras escocés que había inmigrado a la floreciente ciudad de Melbourne, en Australia. Desde muy pequeña, Helen demostró una llamativa capacidad para silbar y a partir de ahí desarrolló su talento musical. Pero Australia ofrecía oportunidades limitadas para alguien de implacable ambición: casarse y una modesta carrera como cantante de salón tras una elegante cena no era suficiente para ella. Ella soñaba con brillar en el glamuroso ambiente de la ópera así que, tras dejar atrás a su zafio marido con sus plantaciones de azúcar, se fue a Europa, para perfeccionar su formación vocal en París y reinventarse a sí misma como Nellie Melba.

     El estrellato internacional que reclamaba llegó a finales de 1880, cuando su asombrosamente pura, rica y resonante voz de soprano hechizó a las audiencias de Londres, de Nueva York y de todos los grandes teatros de la ópera de Europa. Verdi y Puccini admiraban su fantástica técnica, y se identificó particularmente con el papel de Mimi en La Bohème, en la que actuó con Caruso, lo cual supuso un gran impulso para que la ópera adquiriera una grandísima popularidad. Se vendieron millones de sus grabaciones, hechas en los primeros años del gramófono, y amasó una fortuna.

     Aunque no era una gran actriz ni una gran belleza, Melba tenía la personalidad y la presencia de una auténtica diva y, a conjunto, una voluntad de hierro. Nadie la superó y ella siempre llevó la batuta, a menudo con la ayuda de improperios notoriamente fuera de tono. Su éxito en el escenario se puede comparar con su éxito en los salones de la alta sociedad: muchos aristócratas, especialmente el playboy Duc d’Orléans, sucumbieron a su apetito sexual, aparentemente insaciable, mientras modernas anfitrionas rivalizaban para invitar, desde lejanos continentes, a esta ecuánime y franca criatura a sus soirées (de aquí su breve aparición, representada por Dame Kiri te Kanawa, en un episodio de Downton Abbey). La reivindicación de la que se sentía más orgullosa fue "yo puse a Australia en los mapas", y realmente había algo de verdad en aquello de lo que presumía. Ella veía con malos ojos la falta de una cultura sofisticada en su tierra natal y sus punzantes comentarios sobre sus compatriotas a menudo le granjearon mala prensa y fueron causa de afrentas varias. “Cántales fatal”, le recomendó a un cantante británico que iba a realizar su primera visita a Australia. “No entienden nada.”

     En 1899, cuando estaba en lo más alto de su carrera, uno de los mayores fans de Melba le dedicó un tributo único. Seis años antes, el gran chef francés Auguste Escoffier (1846-1935) había quedado conmovido por su angelical actuación en el Lohengrin de Wagner lo que le llevó a crear un postre en el que representó al cisne, que tenía un papel fundamental en la trama de esta ópera, como una escultura de hielo rellena de helado de vainilla y melocotones y decorada con hilos de caramelo.

     Melba expresó gentilmente su gusto por esta barroca elaboración y, posteriormente, en una noche de gala por la inauguración del nuevo Hotel Carlton en el Pall Mall de Londres donde sería la invitada de honor, Escoffier retomó el concepto, abandonando la escultura de hielo pero introduciendo un puré de frambuesa para complementar la fruta y el helado. La prima donna quedó nuevamente encantada y así nació el Pêche Melba.

     Los melocotones eran un producto de lujo que no se podían permitir la mayoría de los presupuestos domésticos del momento y, por otro lado, nada podía ser más diferente frente al, generalmente pesado, pudin inglés de sebo y uvas pasas. Pero la receta cuajó finalmente tras 1907, cuando Escoffier la publicó, con su estilo característicamente lacónico y claro, en su bestseller Guía de la Cocina Moderna:

     “Hervir los melocotones en un sirope con sabor a vainilla. Servirlos en un timbal sobre un lecho de helado de vainilla, luego bañarlos con puré de frambuesas.”

 

     Ahora el melocotón Melba, producido en masa y envasado, se ha convertido en algo omnipresente y que algunos considerarían tan vulgarizado como la Selva Negra o el tiramisú. Variantes de la receta original –algunas de las cuales Escoffier no hubiera aprobado– incluyen sustituir con peras o albaricoques los melocotones, y gelatina de grosella en lugar de puré de frambuesa. Pero, sea cual sea la tendencia, este plato realmente nunca ha pasado de moda.

     Tampoco las tostadas Melba, esas rebanadas de pan cortadas en dos y horneadas dos veces que constituyen una finísima base para untar mantequilla, queso o paté, o para acompañar una sopa. Esta no fue realmente una invención de Escoffier –se incluye en el manual de cocina del siglo XV de Bartolomeo Platina– pero fue parte de la dieta de Melba cuando se intentaba recuperar de una enfermedad causada por una agotadora gira por América.

     Melba no podía soportar estar lejos de los focos, así que continuó cantando neciamente en público cuando ya había pasado su momento, realizando repetidas "últimas actuaciones" de despedida que acabaron convirtiéndose en el hazmerreír del público. En los últimos años, antes de su muerte en 1931, se retiró a su territorio de proveniencia en Australia, donde adquirió un estatus casi regio.

     Allí se preocupó de que se le recordara solo por las invenciones de Escoffier y, en cierta medida, su miedo estaba justificado –hoy en día solo un reducido círculo de aficionados a la ópera se acuerdan de sus gloriosas actuaciones, mientras para los oídos más modernos sus grabaciones suenan totalmente obsoletas e incluso cómicas. Y, sin embargo, sería difícil encontrar a alguien cuyas papilas gustativas no se estremezcan al mencionar su nombre.

También recomendamos

X