El increíble mundo comestible de Federico Fellini | Itineraries of taste

El increíble mundo comestible de Federico Fellini

El increíble mundo comestible de Federico Fellini

En el Satiricón, la interpretación fílmica de Fellini, de 1969, de la decadente novela romana de Petronio, la gula alcanza un clímax verdaderamente escandaloso. En una escena a imagen y semejanza de los rojos frescos pompeyanos, representa una fiesta tan barroca que la comida es difícilmente identificable. Se muestra la silueta de la cabeza de un toro (¿tal vez un minotauro?) sobre un plato. Varios globos oculares crepitan en enormes platos de servir. A un cerdo asado de repente le quitan las tripas, con gran aplauso, y las mujeres peinan su cabello con sepias.

Pero a Fellini en realidad le gustaba la comida más simple. “No como nada desagradable”, decía unos años antes de su muerte en una entrevista para Vanity Fair. “Nada de ranas, caracoles, rabos, cabezas de cordero o ternera con sus dientes y ojos, ni anguilas, ni tripas, y muy poco del cerdo o salchichas.”

Sus actores, sin embargo, comían todas esas cosas. Aunque la comida en el Satiricón no era real, en su película semiautobiográfica Roma, rodada tres años más tarde, se dio trabajo a 20 cocineros para mantener a los extras contentos. Al principio de la película un esbelto actor hace del joven Fellini que llega a Roma de provincias. Lleva un elegante traje blanco y está absorto en la atmósfera carnavalesca que encuentra en las calles.

Fuera del apartamento donde se va a quedar, se han colocado muchas mesas seguidas, como si toda la ciudad fuera a cenar al mismo tiempo, arrinconadas solo por los rieles del tranvía. Los chefs sirven estrepitosas cucharadas de caracoles y los camareros gritan las especialidades: callos de ternera caseros, fettuccine con almejas, fritos de langostinos y boquerones. El joven encuentra un sitio libre y se une a un grupo de romanos al azar. “Eres lo que comes”, dice el hombre que está sentado a su lado, mientras saca un caracol de su concha.

En esta escena, no solo toda la comida era real sino que también todos los actores tenían hambre. Cuando los cocineros se pusieron a trabajar, todo el equipo se dio cuenta de que debían filmar rápido: los extras comían entre toma y toma. Fellini grabó y volvió a grabar –realizando panorámicas por la plaza capturando al vuelo tenedores llenos de spaghetti– hasta que se acabó toda la comida.

La película más cercana a su experiencia vital -en términos de comida, ya que a Fellini le encantaban las comidas familiares y a menudo se ponía lírico con respecto a la cocina de su madre- sería la siguiente: Amarcord. De nuevo, no había nada más que comida real –la familia, en la cocina, verdaderamente comía la menestra que les servían– pero lo que consumían era bastante menos memorable que el drama que se desarrollaba en torno a la mesa. El trasero de la guapa criada era el corazón de la escena; el hijo adolescente salta por la ventana al jardín; la madre grita: “¡Me voy a volver loca! ¡Os voy a matar a todos!” antes de que el padre agarre el mantel y haga que toda la comida se estrelle estrepitosamente contra el suelo.

Fellini había nacido en Rimini, en la costa adriática. Su padre viajaba vendiendo parmesano y compartían su hogar con redondos quesos del tamaño de mesas. “Crecí con ese aroma metido en mi nariz,” recordaba posteriormente.

De cualquier forma, el parmesano no era su alimento favorito. Ese honor le correspondía a la zuppa inglese (un pariente italiano del bizcocho borracho) de la abuela. El toque final de este plato era el merengue, el cual–en las épocas antes de que existieran las mangas pasteleras de plástico– su abuela elaboraba exprimiendo la mezcla de clara y azúcar a través de un cono de papel de periódico enrollado. “Ese era un detalle importante,” comentaba al periodista de Vanity Fair, “porque el bizcocho tenía el toque justo de sabor a papel de periódico. Y por lo tanto es imposible hacerlo igual, puesto que ese periódico ya no está a la venta. The New York Times no sirve en absoluto. El Corriere della Sera se aproxima algo más. Pero, realmente, habría que ir a una biblioteca y robar una hoja del Corriere Padano.”

Fellini hizo su carrera trasladando sus fantasías a la pantalla, buscando lo irreal, extremo o libertino. En el plató no tenía ningún problema en demostrar –siempre con camisa y corbata– exactamente cómo quería que sus bailarines burlescos se movieran o cómo debía actuar Marcello Mastroianni con un látigo. En 1960, el año en que rodó La Dolce Vita, Fellini empezó a escribir sus sueños en un cuaderno. Los anotó e ilustró casi hasta su muerte, 33 años más tarde. Finalmente publicados como Federico Fellini: El Libro de los Sueños, parecen más guiones que revelaciones íntimas. Posiblemente porque el gran director de cine italiano tenía secretos más profundos de los que mostraba, por ejemplo, odiaba la pasta.

O, al menos, prefería el arroz. Su risotto favorito, desveló, era con azafrán y exactamente dos gotas de grapa, añadidas justo antes de servirlo. No le gustaba la nata en las salsas y disfrutaría encantado de una tortilla francesa sobre una carbonara cada día. Pero su plato favorito era el sartù, un timbal hecho con una capa externa de arroz y una especie de estofado de carne o verduras en medio.

Cuando trabajaba, a Fellini le gustaba comer solo. A menudo observaba, tal como contaba a otro entrevistador, que estaba hambriento pero demasiado abstraído en sus pensamientos para sentarse el tiempo suficiente para comer. Una comida con su equipo nunca le permitía concentrarse. En casa, dejó la cocina a su mujer, la actriz Giulietta Masina, cuyo papel protagonista en la película de sus inicios La Strada fue un momento fundamental para la vida de ambos. “Puedo esperar tres días para conseguir diez minutos de la luz perfecta,” explicaba Fellini, “pero en el momento que estoy en la cocina, se me caen las cosas y me quemo o me corto los dedos.”

De todas formas, en 1966, a petición de Diana Vreeland, permitió que el Vogue americano publicara su personal receta de sangría. A los ingredientes típicos, él añadió melocotones, brandy y soda –y dos cucharadas de Strega, el licor italiano de menta y azafrán. Para una incansable voluptuosidad, más siempre es más.

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