Elvis | Itineraries of taste

Elvis

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El primer amor de Elvis Presley fue su abnegada madre, Gladys. Pero su segundo gran amor fue, sin duda, la manteca de cacahuete, que ella untaba copiosamente sobre sus galletas saladas una vez que dejó la papilla de guisantes de lata y pan de maíz con la que le destetó. Cuando su tío Vester le visitó, diciendo que era un buscador de manteca de cacahuete, el pequeño Elvis se puso histérico, arrastrando frenéticamente una silla hacia el aparador para ocultar el tarro de la manteca.

Fue el comienzo de la pasión y de la debilidad por la que Elvis se ganó la simpatía de una generación de americanos. Atraídos por el atractivo sexual en bruto de este joven delgado de caderas contoneantes de los años 50, muchos empatizaron con él en su lucha por controlar su cintura en continua expansión en los años 60 y millones se maravillaron ante su esbeltez, su bronceado y su carisma durante el deslumbrante programa especial de TV 1968 Comeback Special. Muy afectado por el asesinato de Martin Luther King a principios de dicho año, Elvis quiso transmitir a sus fans un mensaje de armonía racial y esperanza. Puesto que su mánager, Colonel Parker, le había impedido actuar en directo desde 1961, una de las grandes emociones del espectáculo fue ver la satisfacción y la sorpresa de un Elvis de 33 años que redescubría su propio poderío.

Los abuelos de Elvis eran aparceros y los cacahuetes eran una proteína clave en la dieta de esta gente, pobre, del Mississippi, dieta la cual se completaba con pan, manteca de cerdo y verduras. La carne era un lujo y, en las raras ocasiones que la traía a casa su marido, Vernon, aquello era un auténtico festín. Pero dichas delicias desaparecieron de la mesa cuando Vernon pasó tres años en prisión por falsificar un cheque, dejando a Gladys y a su hijo sobreviviendo durante semanas inacabables a base de sémola y trozos de queso procesado. El niño desarrolló una enorme necesidad de comida, música y atención.

Consiguió sus más tempranas dosis para satisfacer estas tres necesidades en la iglesia fundamentalista local, donde el predicador y los feligreses daban saltos y sacudidas por los pasillos para quitarse al demonio de encima (decía que allí había aprendido su famoso contoneo de cadera) y se sentaban a comer en el campo pasteles de verduras y deliciosos dulces.

En la escuela, Elvis casi nunca tenía dinero para los sándwiches de manteca de cacahuete por los que se desvivía en la cafetería. ¿Hay ahora alguna duda sobre por qué cuando se convirtió en el adolescente hecho a sí mismo más rico del mundo se volvió loco? Le pedía a su madre que mezclara dos cucharadas hasta arriba de manteca de cacahuete con medio plátano muy maduro, lo untara todo ello entre dos rebanadas de pan blanco y lo friera con dos cucharadas de margarina. Tenía que quedar marrón. La palabra "quemado" era un elogio viniendo de Elvis. “¡Eso está quemado, tío!” podía decir ante una hamburguesa muy hecha o, también, ante una gran canción.

Y Elvis sabía seleccionar una gran canción, luchando contra la presión comercial de los directivos cuando pensaba que tenía razón. En una entrevista reciente con Priscilla Presley recordaba cómo insistió en grabar la gloriosa In the Ghetto, a pesar de que Colonel Parker le dijo que nunca se metiera en temas políticos. “Le dijo que no iba con su estilo, que no debía ser un cantante con mensaje”, comentaba Priscilla. “Pero Elvis decidió hacerlo, y ya ves lo que pasó.”

Comía los sándwiches de manteca de cacahuete y plátano calientes que le preparaba Gladys con cuchillo y tenedor (posteriormente se llevaría sus propios cubiertos de plata consigo a las casas de la gente porque tenía cierta fobia a los gérmenes). Una vez, subsistió durante siete semanas a base de estos sándwiches. Sus intentos de cocinar no tenían normalmente mucho éxito. Cuando la cantante country June Carter invitó al joven Elvis a visitarla si pasaba alguna vez por Nashville, este la tomo al pie de la letra y fue a verla. Al encontrarla fuera de casa, entró e intentó hacer unos huevos con bacon para él y su amigo Red West, pero acabó derritiendo, sobre la cocina, unas preciosas cazuelas de cobre ornamentales. Su primer marido (el cantante honky-tonk Carl Smith), más tarde, despertó a los chicos blandiendo una escopeta ante sus caras, pero luego les cocinó un segundo desayuno: era difícil resistirse a los encantos de Elvis.

Elvis posteriormente presentaría a Carter la voz del que sería su segundo marido, Johnny Cash, poniéndole sus discos es una jukebox: “Cash no tiene que mover ni un solo músculo”, le dijo, con clara envidia, “Simplemente canta y se queda de pie”. Había otras diferencias: a Elvis le gustaba la manteca de cacahuete sin grumos; Cash la prefería con tropezones.

La fama y el dinero no modificaron mucho los gustos de Elvis: simplemente hizo que fueran mucho mayores las porciones de sus comidas reconfortantes de la infancia. En Graceland, tenía una licuadora instalada para su madre en cada esquina de la encimera de la cocina. Tras la muerte de Gladys, su hijo devoró su dolor a su manera, mandando a su abuela a cocinar para él cuando el ejército le envió a Alemania. A los 24 años se enamoró de Priscilla Beaulieu, de 14. Cuando se casaron, ocho años más tarde, en Las Vegas (donde se zampó ocho deluxe cheeseburgers de una sentada), lo celebraron con un una enorme tarta de seis pisos decorada con rosas rosas que costó, según contaron, 3 200 $.

De vuelta a casa a Graceland se solía acostar en la cama, con sus barrocos batines, mirando cómo preparaban su comida a través del circuito cerrado de televisión. Pedía el "desayuno" (generalmente una tortilla de seis huevos, medio kilo de bacon, seis galletas de suero de mantequilla y una caja de helados de chocolate Eskimo Pie) a cualquier hora del día y de la noche. Bebía con vasos lo suficientemente grandes para poder verter varias latas y picoteaba patatitas y golosinas. La fast food era tan característica de la revolución adolescente americana como la fast music que él les vendía. Tal vez para compensar, Elvis se daba un festín de frutas por la noche. Los plátanos que incorporaba en sándwiches supercalóricos formaban parte también de sus frecuentes dietas de choque.

En su biografía de 2003, Bobbie Ann Mason concluye que, al final, el adorado público de Elvis "se lo comió vivo”. 50 000 fans se presentaron en Graceland tras su muerte, a los 44 años, en 1977. Aunque a muchos les gustaría creer que la última cena de "The King" fue un sándwich de manteca de cacahuete y plátano, en realidad comió helado de melocotón con seis galletas Chips Ahoy. Su pelo se había vuelto cano bajo aquella firme capa de tinte negro, pero nunca perdió su espíritu goloso adolescente.

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