León Tolstoi y la Tarta de Limón Anke | Itineraries of taste

León Tolstoi y la Tarta de Limón Anke

León Tolstoi y la Tarta de Limón Anke

Rellena de una sabrosa y cremosa mezcla de mantequilla, azúcar, huevos y el zumo de tres limones recién exprimidos, la Tarta Anke era el dulce preferido del escritor ruso León Tolstoi. Su mujer, Sofia, la denominó así por el Dr. Nikolai Anke, un amigo de su madre que le pasó la receta a su familia. “Desde que tengo uso de razón, todas las grandes ocasiones, festividades, cumpleaños y santos se celebraban, indefectiblemente, con la Tarta Anke. Sin ella, una comida no hubiera sido una comida y una fiesta no hubiera sido una fiesta”, escribía el hijo de Tolstoi, Iliá, en sus memorias.

Posteriormente, a lo largo de su vida, el abuelo del realismo literario lucharía contra su gusto por el lujo. En la edición de 1891 de la revista The Atlantic, la escritora americana Isabel P. Hapgood recordaba una visita a Yásnaia Poliana, la casa de Tolstoi al sur de Moscú, durante la cual el conde, de 63 años, señalaba la larga mesa puesta por sus criados entre abedules: “Mira el escandaloso lujo en el que vivo”, le comentaba a su invitada, haciendo un gesto con su mano hacia el mobiliario y ahorrándose lo que Hapgood observó como una “especial amargura por los cubiertos de plata”.

Aunque siguió siendo servido hasta los 80 años, tanto por su personal como su frustrada esposa, la cual pasaba a máquina sus manuscritos, Tolstoi había llegado realmente a despreciar las extremas desigualdades de la estructura de clases rusa. Cuando la cosecha fue funesta, en 1873, dejó de escribir Anna Karenina durante un año para ayudar a los hambrientos, diciéndole a un pariente: "No puedo alejarme de las criaturas vivas para preocuparme por las imaginarias".

El interés por la justicia social le llegó tardíamente al novelista, cuya vida más temprana ha sido descrita como “estridente, depravada y violenta”. Nacido en 1828 en una familia noble que poseía cientos de siervos, a Tolstoi le sobraban los motivos para tener ira. Su madre murió cuando tenía dos años y su padre cuando tenía nueve, habiendo dilapidado una gran cantidad de la fortuna familiar. "He matado a hombres en la guerra y he desafiado a hombres en duelos solo para matarlos", escribía. “He perdido a las cartas, machacado a la mano de obra campesina, les he castigado, he vivido holgadamente y engañado a la gente…”

Tanto los excesos de juventud como la esperanza de una vida simple y honesta de Tolstoi se expresan a través de dos personajes en Anna Karenina. El amante de Anna, el conde Vronsky, tiene los valores del joven Tolstoi: un hombre que estaba "en confianza con todo aquel que bebía champán con él, y él bebía champán con todos". Mientras que el personaje de Konstantin Levin está más cómodo trabajando con los campesinos en su finca y alcanzando "momentos llenos de dicha" simplemente cortando la hierba y refrescándose con un sencillo "té verde con trozos de hojas flotando en él".

La profunda conexión de Tolstoi con la naturaleza comenzó ya en su infancia. En sus diarios anotaba tardes idílicas pescando tencas, besugos, carpas, percas y esturiones esterletes en una poza cerca de la casa de su abuela. Le gustaba reunirse con la ganadera del lugar y compartir pesado pan negro de centeno y leche fresca de las vacas con los niños de los campesinos. En otras ocasiones recuerda ir a buscar avellanas: “Me acuerdo cómo las chicas que iban con nosotros las cascaban entre sus dientes y cómo nosotros masticábamos, sin parar, la pulpa fresca y blanca”.

A la edad de 30 años, Tolstoi decidió que no se iba a casar nunca, pero cambió de idea a los 34, cuando se casó con la hija de 18 años de un médico, Sofia, la cual le daría 13 hijos. También se encargó de copiar toda su obra literaria, no era tarea fácil ya que ella misma afirmó que se había publicado solo una pequeña parte de lo que había escrito y la gigantesca Guerra y Paz era, originariamente, "siete veces más larga".

Al llegar a Yásnaia Poliana, Sofia, adolescente, quedó espantada con su decoración tosca y rústica pero estableció inmediatamente una alianza con el cocinero, Nikolai Mijailóvich: un antiguo flautista de la orquesta del viejo príncipe Volkonsky. “¿Y por qué te hiciste cocinero?” anota haberle preguntado en su diario. “Perdí mi boquilla, su eminencia”, respondió con una sonrisa picarona. Sofia se haría cargo de la cocina en las ocasiones, bastante habituales, en que Nikolai estaba borracho.

Tolstoi, por su parte, renunciaría, con el tiempo, al alcohol y se haría pacifista y vegetariano. "No es el sufrimiento y la muerte de los animales lo más terrible", escribía, "sino el hecho de que un hombre, sin ninguna necesidad de hacerlo, machaque un sublime sentimiento de simpatía y piedad por las criaturas vivientes y se violente a sí mismo, eso me parece cruel".

En su visita, Isabel P. Hapgood confirmaba que: “En ninguna comida el conde probó ni un solo trozo de carne, a pesar de la insistencia del entorno. Sémola de trigo sarraceno, pepinos encurtidos, pan negro, huevos con espinacas, té y café, sour levas (cerveza hecha de pan negro) y sopa de col formaban los alimentos básicos de su dieta”. Sus hijas le seguían en su vegetarianismo, pero Sofia y sus hijos se resistían. Sofia parece ser que le ponía caldo de ternera en su sopa de champiñones cuando estaba enfermo.

La frase de Tolstoi más citada es aquella en la que hace referencia a que todas las familias felices son parecidas, mientras las infelices son únicas en su miseria. Se vislumbraba un particular desencuentro entre él y su mujer al final de su vida y, realmente, estaban en desacuerdo por algo más que el menú. Esforzándose por comprender por qué un hombre que había escrito sus personajes femeninos con tanto conocimiento y compasión podía tratar a su propia mujer con una total falta de sensibilidad, Sofia consideraba que su marido estaba sumasshedshiy: "volviéndose loco" y luchó furiosamente contra los "lunáticos" discípulos de los que el conde, en su vejez, se había ido rodeando. Luchó en vano, puesto que él renunció a los derechos de autor de su obra.

Tolstoi está enterrado en una tumba sin identificar en la verde colina de Yásnaia Poliana donde jugaba cuando era niño. Actualmente, los turistas que visitan la finca pueden disfrutar de un tour gastronómico especial por el ruinoso hogar del autor, el cual finaliza con un trozo de la sabrosa Tarta Anke.

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