Magritte y la manzana | Itineraries of taste

Magritte y la manzana

Magritte y la manzana

En el momento en que miré aquella habitación me di cuenta de que ya había estado antes allí: una habitación desnuda pero llena, del suelo al techo, con una enorme manzana verde. La manzana es tersa, sin imperfecciones, una manzana procedente de un sueño –o, tal vez, de una pesadilla– del pintor surrealista belga René Magritte.

La imagen de la manzana es una de las más recurrentes de la obra artística de Magritte: manzanas con máscaras de carnaval, manzanas convertidas en piedras, manzanas que declaran que no son manzanas, o una única y gran manzana flotando sobre la cabeza de un hombre que mira un paisaje de montaña.

Las manzanas de Magritte son, casi siempre, del mismo color verde mate y uniforme. Y en una de sus obras más famosas, El Hijo del Hombre, una manzana flota ante la cara de una figura anónima con bombín; se considera que es un autorretrato. El motivo por el que reconocí inmediatamente la manzana en la habitación, por lo que sentía que conocía esta imagen, que la llevaba impresa en mi mente, es porque la vi por primera vez cuando era adolescente, cuando empezaba a descubrir el arte. Y no la vi ni en una galería de arte ni en un libro, sino en la carátula de un disco: el primero de Jeff Beck Group, de 1969, titulado Beck-Ola.

Magritte nació en la época de La Belle Époque, en 1898. Murió a mediados del Summer of Love de 1967, para entonces el auge de su surrealismo había pasado hacía tiempo y debería, conforme a cálculos normales, haberse olvidado ya su figura. Pero el encanto esquivo de sus pinturas, su inagotable reorganización de los mismos (y pocos) elementos emblemáticos –en particular manzanas– se adecuaba perfectamente a la era del Pop Art. Su apropiación por parte de los ilustradores y diseñadores de los años 60 y 70 convirtieron pinturas como Los Amantes (una pareja besándose con sus caras cubiertas con una tela) y El Tiempo Atravesado (un tren que sale de una chimenea) en las más famosas del mundo. Paul McCartney, un apasionado coleccionista de Magritte, insistió en utilizar la manzana como nombre y logo para el sello discográfico de los Beatles y su posterior adopción por parte de Steve Jobs para su imperio informático, Apple, convirtió a la manzana de Magritte en la pieza de fruta más reproducida de la historia.

En el arte de Magritte no hay detalles superfluos. Todo se reduce a una inquietante esencia ilustrativa. Sus imágenes reflejan sus diversos oficios como pintor de papel pintado (lo que aporta esa sensación de monotonía y repetición), artista comercial (lo que le ayudó a evolucionar en ese estilo uniforme, impasible, que casi no cambió durante décadas) y como falsificador de pinturas de otros artistas (lo que significa que nada en su trabajo es realmente lo que parece).

Hay cierta tendencia a denigrar Bélgica como un país pequeño e insignificante sin gente famosa; pero, en lo que se refiere al arte, hay un gran número de belgas increíblemente famosos: Rubens, van Dyck y Tuymans, entre otros muchos. Y tal vez mucha de la vida del país continúa, incluso conscientemente, al margen del radar del resto del mundo. El corazón del arte de Magritte lo constituye la tensión entre la apariencia y lo que oculta.

En las pinturas de Magritte no hay figuras, no hay nada que distraiga del hecho de que esta realidad, no totalmente íntegra, pertenece al espectador tanto como al artista. El propio Magritte proyectó una imagen de sí mismo como de habitante arquetípico de un mundo burgués convencional: pintándose con el traje de director de pompas fúnebres que vestía mientras pintaba y, por supuesto, con su bombín, el cual evoca la forma de la idea primordial de la manzana.

Esta imagen era, por supuesto, una pose adoptada conscientemente. Un hombre bastante grande, Magritte nos mira desde las fotografías con una ligera y enigmática sonrisa: surrealista y comunista, se dedicó a socavar la estabilidad burguesa, interesado no en las imágenes, sino en lo que ocultaban las imágenes. En El Hijo del Hombre, los ojos del hombre con el bombín nos escudriñan desde detrás de las hojas de la manzana que oculta toda su cara. La manzana, afirmaba, tapaba “lo visible pero oculto: la cara de la persona. Todo lo que vemos esconde algo más. Hay una fascinación por lo oculto y lo que lo visible no nos muestra. Esto toma la forma de conflicto entre lo visible que está oculto y lo visible que está presente.”

El término “hijo del hombre” se refiere a Cristo, mientras la manzana es el símbolo cristiano del conocimiento, la inmortalidad, la tentación, la caída del hombre en el pecado, un aspecto enfatizado también en los cuentos de hadas –como cuando a Blancanieves su madrastra le ofrece la manzana envenenada. Magritte desea evocar estas reminiscencias, al mismo tiempo que las enreda –y nos enreda. Su trabajo está impregnado por una tradición que invade el arte belga desde el pintor del siglo XVI Pieter Bruegel en adelante: el carnaval. Ese estado en el que, durante cortos periodos del calendario religioso, hay un conflicto entre el orden y la anarquía, cuando el mundo convencional asume una máscara y la figura tras ella puede ser tu director de banco o un concejal de tu ciudad. En los cuadros de Magritte un par de manzanas llevan puestas máscaras; la manzana se convierte en una máscara para el propio artista. Todo en Magritte oculta algo, y nada.

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