Nelson Mandela y los koeksisters de Mrs. Verwoerd | Itineraries of taste

Nelson Mandela y los koeksisters de Mrs. Verwoerd

Nelson Mandela y los koeksisters de Mrs. Verwoerd

Al mediodía de un martes de agosto de 1995, los habitantes de la minúscula aldea de Orania, en la amplia y desierta extensión de la región de Karoo, en la provincia Septentrional del Cabo, miran asombrados al profundo cielo azul donde se abre paso, hacia ellos, un helicóptero de las Fuerzas Aéreas de Sudáfrica. El presidente había venido a tomar té y tarta.

Orania había sido fundada hacia cinco años bajo la bandera de la República Bóer de Transvaal del siglo XIX (tras una señal que decía "Territorio Totalmente Privado") por un grupo de familias afrikáners resistentes al cambio que se estaba produciendo a su alrededor. En 1990, el mismo año que los colonos compraron la aldea, Nelson Mandela salía en libertad tras 27 años de cárcel. Rápidamente comenzó una campaña de paz y reconciliación que ayudó a desmantelar el apartheid y, en 1994, fue elegido primer presidente negro de Sudáfrica.

A la hora de comer, en Orania, en 1995, Mandela salió del helicóptero llevando puesta una de sus conocidas camisas estampadas: verde, abotonada hasta el cuello. Llegó a este enclave afrikáner firmemente blanco para conocer a Betsie Verwoerd, de 94 años, viuda del anterior Primer Ministro Hendrik Verwoerd, el "arquitecto del apartheid", el cual había sido asesinado en el parlamento en 1966. Había sido el gobierno de Verwoerd el que había puesto en prisión a Mandela en 1963.

No mucho antes, Mandela había invitado a las viudas de un gran número de antiguos líderes sudafricanos (blancos y negros) a tomar el té. Mrs. Verwoerd declinó la invitación, alegando invalidez y edad avanzada, pero comentó amablemente que si alguna vez iba a la zona donde ella se encontraba (algo bastante improbable, visto que Orania se sitúa realmente en el centro de la nada) que pasara a visitarla. Mandela comprendió que era una excusa y, unas semanas más tarde, organizó todo para ir a visitar a Mrs. Verwoerd a su casa.

Tras haber sido recibido con cierto nerviosismo por los líderes de la aldea, llevaron al presidente Mandela al auditorio de la comunidad para que pudiera mantener una conversación, de puertas cerradas, de 45 minutos con la anciana Mrs. Verwoerd. Allí, en una sala privada, los dos tomaron té y café y comieron koeksisters, un dulce pastoso que es casi una institución en Sudáfrica, donde se vende a menudo en cualquier esquina o en puestos para recaudar fondos para iglesias, escuelas y centros comunitarios.

El koeksister toma su nombre de la palabra neerlandesa koekje, que significa "galleta", y hay de dos tipos: la versión afrikáner, comida ese día por Mandela y Verwoerd, que es una trenza de masa recubierta de un sirope similar a la miel, y la versión de Cape Malay, que es más parecida a un bizcocho con canela, cardamomo y jengibre, y coco rallado por encima. Hoy en día, en los alrededores de Orania, además de una extraña selección de bustos de figuras políticas del apartheid (HF Verwoerd incluido), hay un monumento de dos metros de altura a este dulce.

No se debe subestimar la importancia de la comida tanto para el proceso de reconciliación como para el propio Mandela. En prisión, en Robben Island, en 1970, Mandela le escribía a su entonces esposa Winnie: "¡Cómo echo de menos el amasi [leche fermentada tradicional de Sudáfrica], denso y agrio! Sabes querida que hay un aspecto en el que gano a todos mis contemporáneos o, al menos, en el que puede decir con total seguridad que no quedo tras ninguno, y ese es mi sano apetito".

La vida política de Mandela se puede resumir en comidas: como abogado defendiendo casos fuera de la ciudad, junto al famoso abogado blanco por los derechos humanos George Bizos, comía fish and chips en su coche puesto que no había ningún otro sitio donde ambos, de diversa raza, se pudieran sentar legalmente juntos (incluso los bancos de los parques eran zona de exclusión); en la cárcel eran tristes las raciones de comida que, posteriormente, fueron complementadas con samosas, carne asada y platos de curry, cocinados por su mujer Farida, que pasaba de contrabando por el puesto de seguridad el abogado Dullah Omar en su maletín; tras 27 años entre rejas, su primer mordisco de libertad fue a un copioso guiso con ron y helado de pasas en la casa del Obispo Demond Tutu.

Con respecto a la comida en las cárceles, Mandela escribió en 1970: “El ser humano, independientemente de su color, nunca tendría que comer obligado, como si fuera un deber. Esto es lo que pasa cuando los productos son pobres, monótonos, están mal preparados y son insípidos”. Tras su liberación, Mandela disfrutó comiendo aunque fueran cosas muy simples (en los años posteriores se convirtió en un fan de los cereales para el desayuno servidos con leche caliente).

Y su simbólico “compartir el pan” o, en este caso, los koeksisters, con la viuda del hombre cuya administración le mandó a prisión no pudo enviar un mensaje más claro. Su viaje a Orania fue el ejemplo perfecto del largo camino que recorrería para firmar la paz.

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