Proust y la Madeleine | Itineraries of taste

Proust y la Madeleine

Proust y la Madeleine

Algunos libros se hacen tan conocidos que crean toda una industria turística a su alrededor de gente que ni siquiera los ha leído. Incluso aquellos que nunca alcanzaron la frase de 4.391 palabras con la que finaliza el Ulises de James Joyce, por ejemplo, o, incluso, la que lo inicia, de 22 palabras, saben perfectamente que trata de un hombre que se pasea por Dublín. Y para aquellos que no lo saben, un paseo por la ciudad se lo dejará bien claro. Cada lugar por el que pasó Leopold Bloom ahora tiene su propia placa conmemorativa, y cada 16 de junio, fecha en la que pasa por ellos en el Ulises, Dublín alberga la que seguro es la única y mayor borrachera anual inspirada en un clásico de la literatura moderna.

Lo mismo, pero sin la bebida, ocurre con un clásico de la literatura modera francesa. No todo el mundo que lea esto habrá leído la descomunal obra vital de Marcel Proust, En Busca del Tiempo Perdido. Aunque la mayoría sabrá que el "efecto proustiano" se produce cuando un recuerdo olvidado retorna y, a lo mejor, también que el motivo de todo ello fue una magdalena.

Este gran momento tiene lugar al principio de la novela, cuando el narrador anónimo se encuentra en un estado de ánimo pesimista, muy propio de él. Su madre le hace té y, entonces: “Mandó traer uno de esos pequeños y regordetes bizcochitos denominados "petites madeleines", que parece como si hubieran sido moldeados en la concha estriada de una vieira. Y luego, de forma mecánica, desanimado tras un día triste y ante la perspectiva de un mañana deprimente, llevé a la altura de mis labios una cucharada de té con un trocito remojado de magdalena. En cuanto el cálido líquido mezclado con las migajas tocó mi paladar… un placer exquisito invadió mis sentidos… ¿De dónde venía este disfrute todopoderoso?”

La respuesta, varios párrafos más adelante, es que espontáneamente le recordó tiempos más felices: “Y entonces los recuerdos se pusieron de manifiesto. El sabor era el del trocito de magdalena que los domingos por la mañana, en Combray, cuando iba a darle los buenos días a su habitación, mi tía Léonie solía darme mojándolo primero en su taza de té”. Y, con eso, el narrador se sumerge en un mar de recuerdos que nos cuenta a través de 3000 páginas.

Ese párrafo de Proust ha impulsado de forma extraordinaria el perfil de las magdalenas que, realizadas simplemente con un ligero bizcocho genovés, a veces con sabor a limón o almendras, no tienen realmente motivo alguno para ser la mayor contribución de Francia a la historia de la gastronomía. Antes de Proust, las magdalenas ya eran muy populares en su país; gracias, parece ser, a Luis XV, que les puso el nombre de una cocinera de su suegro. Tras Proust, se hicieron globalmente tan famosas que hace unos pocos años (a pesar de su sencillez en comparación con otros dulces) fueron elegidas por Francia para la celebración de las mejores tartas y galletas de los Estados miembros de la Unión Europea.

Proust y sus magdalenas también llevaron a la situación, poco común, de renombrar un lugar de acuerdo con su denominación en la ficción. En 1971, en el 100º aniversario del nacimiento de Proust, Illiers (el pequeño pueblecito al lado de Chartres donde vivió durante su infancia) se convirtió en Illiers-Combray. Aunque parece una forma algo descarada por parte del pueblo de declararse el lugar de los recuerdos más importantes del narrador, realmente ha demostrado ser una acción muy lucrativa. Hoy en día, hay un museo de Proust en la que era la casa de la tía Léonie y al menos dos panaderías dicen ser el establecimiento donde compró las magdalenas. Como dijo un escritor, “ir a Illiers-Combray y no probar una magdalena es como ir a Jerusalén y no ver el Muro de las Lamentaciones”, de ahí que se vendan unas 2000 magdalenas cada mes.

Dadas las circunstancias, solo un aguafiestas señalaría que los estudiosos de Proust ahora creen que Combray podría encontrarse tanto en Auteuil (cerca de París), donde vivía su tío, como en Illiers. O, más herético aún, que no parece ser que a Proust le preocuparan realmente las magdalenas. En un borrador de su novela, el desencadenante de los mismos recuerdos era una rebanada de pan tostado con miel.

En la novela de 2007 Proust y la Neurociencia, Jonah Lehrer habla de su trabajo, con el ganador del Premio Nobel Eric Kandel, en experimentos punteros sobre la naturaleza de la memoria; experimentos, dice Lehrer, que probaron que Proust había sido el primero en llegar a estas conclusiones. El gusto y el olfato, revela, son los únicos sentidos conectados directamente con el hipocampo, el centro de la memoria a largo plazo del cerebro. Los otros son procesados por partes vinculadas al lenguaje, de modo que no pueden producir recuerdos tan intensos o espontáneos. No es de sorprender que nada sea tan evocador de forma inmediata como el sabor o el aroma de lo que comemos, incluso si es un humilde bizcochito.

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