Salvador Dalí | Itineraries of taste

Salvador Dalí

Salvador Dalí

En el mundo del pintor Salvador Dalí, lo sagrado y lo erótico, lo místico y lo gastronómico se fusionan en un extático flujo de imágenes e ideas. Los alimentos adquieren un significado esotérico que, a menudo, era comprensible únicamente para el propio surrealista español. Por una parte, en su trabajo está la concha dura y con púas del erizo de mar protegiendo su suculento interior comestible y, por otra, la grieta en la piel de la granada vertiendo semillas rojo rubí y jugos ácidos y amargos. No tienes que ser un experto en simbolismo cultural, sexual o de otro tipo para deducir que estas sustancias ricamente sugestivas podrían interesar a un artista preocupado por el significado oculto de la realidad de cada día. Pero Dalí aportó un matiz personal, abstruso y perturbador que fue más allá del significado generalmente aceptado que propone estos alimentos como símbolos de fertilidad, nacimiento y resurrección.

La complicada relación entre el artista de descabellado bigote y su propio cuerpo es bien conocida. Dalí estaba obsesionado con la comida, con placar y estimular el "sagrado tabernáculo" de su paladar, una preocupación que se manifiesta en su trabajo a menudo de manera inverosímil, desde modelos ligeras de ropa con accesorios hechos con mariscos en la Feria Mundial de 1939 hasta el diseño del envoltorio para una marca de piruletas española en 1969. Al escribir en su autobiografía sobre porqué se refugió en la Segunda Guerra Mundial en Arcachón, Francia, Dalí dice que acabó en la región de Burdeos porque era "uno de los últimos lugares a los que los alemanes llegarían si ganaran". Es más, continúa, "Burdeos para mí significaba vino de Burdeos, liebre estofada, hígado de pato con pasas, pato a la naranja, ostras Claire de Arcachón…"

Dalí no se lo pensó dos veces a la hora de zamparse treinta erizos de mar de una sentada –en los restaurantes normalmente se sirven seis. Le encantaba saborear la compleja y untuosa carne de gusto marcado y salino a mar con pan tostado y vino tinto, disfrutando de la sensación de extraer el "coral palpitante" de su quebradiza concha. De vez en cuando comía mejillones a la catalana, con una salsa oscura de chocolate, que decía inducía a tener "interesantes sueños". La carne blanda alojada en la concha dura evocaba el "estado original, paradisíaco" del útero, que Dalí afirmaba recordar. Pero más que a su adorada madre, la morbosa preocupación de Dalí por los moluscos estaba vinculada a su relación de amor/odio, de siempre, con su estricto y disciplinado padre.

En los viajes de su infancia a la casa de vacaciones familiar en Cadaqués, en la costa catalana, Dalí recogía los punzantes erizos de la playa con su padre, un funcionario al que, según decía Dalí, "le gustaba este alimento de una forma aún más exagerada que a mí". Cuando el joven Salvador ganó un premio de arte a los 13 años, su orgulloso padre organizó una muestra de su trabajo en su apartamento y un espléndido festín de erizos de mar en la terraza. Pero el trabajo y estilo de vida poco convencional de su hijo con el tiempo les llevó a un violento conflicto.

Los erizos de mar aparecen en numerosos cuadros y esculturas de Dalí y en un enorme mural en la pared de su casa en Cadaqués. Una de las habitaciones, que se puede ver aún hoy en día, presenta una cúpula a imitación de la concha de un erizo y hay conchas de verdad incrustadas en los muros del jardín. Dalí recomendaba a los artistas en busca de inspiración que comieran tres docenas de erizos de mar, recogidos los tres días anteriores a la luna llena, cuando estaban en su culmen de "virtudes sedativas y narcóticas”. Debían dormir una siesta antes “frente a un lienzo en blanco hasta que estuviera demasiado oscuro para verlo”.

El 28 de diciembre de 1929, Dalí recibía una carta de su padre desheredándole y expulsándole del hogar familiar por su relación con la bohemia rusa Elena Ivanovna Diakonova –conocida como Gala y diez años mayor que él– a la cual su padre desaprobaba vehementemente. Al darse cuenta de que tendría que abandonar Cadaqués y su adorado paisaje, Dalí se rapó la cabeza y quemó su pelo en la playa, junto con las conchas de los erizos que había comido. A la mañana siguiente, disfrutó de un solemne desayuno de “erizos de mar, tostada y mucho vino tinto delicadamente amargo", antes de partir hacia Francia. Mientras esperaba el taxi, vio la sombra de su cabeza rapada en un muro y colocó la concha de un erizo sobre su cabeza creando lo que él señalaría en su autobiografía, La Vida Secreta de Salvador Dalí, como “la imagen viva de William Tell”.

Pero, por supuesto, él no vio en su sombra a William Tell –el héroe suizo que alimentó a su gente clavando una flecha en una manzana situada encima de la cabeza de su hijo– sino al hijo que puso en riesgo. Su conflictiva relación con su padre se plasmó en este gesto surrealista. No solo eso, el canibalismo también era un tema recurrente en el trabajo de Dalí. Incluso se dijo que había intentado comerse el cuerpo de Gala, su entonces esposa, tras su muerte en 1982.

Pero ¿qué (o a quién) se está comiendo representado en la granada, otro producto comestible por antonomasia de Dalí, que se ve en Sueño causado por el Vuelo de una Abeja alrededor de una Granada un Segundo antes de Despertar? En este cuadro de 1944 intentó mostrar no simplemente la imagen de un sueño, sino toda una narrativa experimentada en el estado entre el sueño y el despertar. La forma soñada de Gala flota sobre la costa catalana mientras una granada abierta se cierne sobre el mar arrojando, primero, un pargo rojo y, después, dos tigres feroces que saltan de la boca del pez. Al lado de los tigres hay un rifle, su bayoneta está a punto de atravesar el brazo de Gala, representando la picadura de la abeja, la cual se ve zumbando alrededor de una segunda, y más pequeña, granada, una fruta que ha inspirado a Dalí en su estado de semivigilia.

La granada, que representa la fertilidad y la resurrección en la tradición católica, puede también representar, en este cuadro, a Venus, como lo sugiere una pequeña sombra en forma de corazón creada por la segunda fruta, la más pequeña, la cual contrasta con el enfoque despiadado de los tigres (copiados de un póster del circo Barnum & Bailey) que se echan encima de su esposa durmiente.

Dalí consideraba dichos cuadros no como fantasías sino como “fotografías pintadas” de una realidad soñada que era tan válida para él como el mundo despierto y mundano que el resto de nosotros habitamos: no tenía intención alguna de fusionar su boca con la diosa del amor representada por la granada. Con su famosa fobia hacia las formas femeninas, es poco probable que la relación de Dalí y Gala –sin duda muy pasional– haya sido en algún momento física. Por el contrario, se movían en una relación abierta; los tigres rugiendo eran una alusión a sus amantes. Su relación era la típica que siempre acaba en lágrimas. En realidad, prácticamente casi se matan el uno al otro.

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